La niña voz-pájaro
miércoles, 27 de enero de 2016
El armario
-Ya verás, ese, algún día, saldrá del armario, te lo digo yo.
El armario,
como si sólo existiera un armario.
Uno sólo.
Y cuando se saliera
ya no se pudiera volver atrás, nunca.
Uno saliera, y la primavera
le azotara en la cara y le dijera:
- Muy bien muchacho, no tienes nada que temer,
aquí estábamos todos esperando que salieras del armario.
Y qué feliz él, de salir de ese lugar
y que nunca más fuera un problema.
Pero el armario es otra cosa,
son colecciones de muñecas rusas
que no acaban.
Un armario (los padres) dentro de otro(La familia),
un armario(los amigos) dentro de otro(gente cercana), dentro de otro(conocidos)
dentro de otro, dentro de otro, dentro de otro...
Y allí metido, solo, el alma de un niño
que no tiene todas las respuestas.
Un día, tal vez,
se empiece a dar cuenta
que siente amor y afecto
como no manda la norma.
Y entonces
es cuando se dará cuenta
que vive dentro de un armario,
antes, antes de sentirse diferente
las paredes no se habían hecho presentes.
Y por debajo de la puerta
empezará a entrar la brisa.
Ninguno sabe con certeza qué le espera
al abrir por primera vez
ni si estará preparado para ello.
Aveces, la brisa es cálida, agradable,
e invita a abrir la puerta.
El corazón palpita con fuerza
ante la emoción de poder sentirse liberado,
ser uno mismo, no tener que esconderse,
poder compartir, poder ser sin miedos.
Pero siempre existe el miedo,
el miedo a lo real
a no soportar estar fuera del armario.
Dentro, se está solo, pero también protegido.
Fuera, quizás la brisa cambie
y no sea, tan cálida como parece.
Aún así, ese niño asustado
decide temeroso ir abriendo la puerta poco a poco
para darse cuenta,
que ahora ya no está tan sólo,
pero sigue estando en un armario
que le separa del mundo.
Otras veces, en cambio,
se cuela un viento gélido
que aporrea la puerta
que hace apretar la puerta con fuerza
para que no se abra.
El corazón palpita,
pero no de emoción
sino de miedo.
Sentirse uno mismo,
liberado, compartir
pierden prioridad y lo importante
es esconderse,
esconderse para que nadie le encuentre
esconderse temeroso de que alguien
pueda abrir la puerta desde fuera.
Se apuntala con clavos y maderas
y se tapa cualquier orificio.
Y comienza la asfixia
el vivir casi sin aire
dentro del armario.
La primera vez que se sale del armario
marca la siguiente,
aveces la calidez breve del verano
no hace prever el invierno.
Porque no todos los armarios
que se habitan, son iguales.
Pero cuando uno sale de un armario
es porque antes alguien
inventó unas cajas cuadradas
con las que observar el mundo.
Y yo espero que algún día
se ponga de moda salir de las cajas
así nadie tendrá que salir
de ningún armario.
miércoles, 1 de julio de 2015
A nadie le importa
Va a ser en uno de esos silencios tuyos,pausados,
en los que se detuvo la luna a descansar
y no volvió nadie a reclamar que las mareas vinieran con retraso,
que tu cólera se encendiera a destiempo
o que el viento peinara los campos equivocados.
Nadie vino a quejarse.
Luego sucedió eso, lo de los renglones
que primero leíamos de dos en dos
y al final daba igual el órden
o si leíamos o llorábamos.
Y nadie, otra vez,
vino arreglar las sílabas
ni a ordenar las frases
ni a devolverte las oraciones.
Nadie vino a arreglarlo.
Recuerdo que la lluvia se enamoró de tus cabellos
y llovía tan a menudo por aquí,
que tu piel empezó a oler a tierra mojada.
Y sé que nadie vino a cambiar los ríos
que hacían mares de tus ojos
ni el rocío que brillaba en tus flores,
ni las eternas primaveras
que llenaban nuestras paredes
de humedades y enredaderas.
Nadie vino a cambiarlo.
Después llegó el invierno cansado
abrazando la puerta
y se quedó allí descansando.
Y tú que si de rosas alegrías,
madreselvas dónde están
y noches de San Juan,
intentabas seducirlo con sonrisas
àra que se marchara,
para que pudiéramos abrir tranquilas la puerta
sin llenarnos los pies de nieve,
y no sólo se quedó
sino que nos entró dentro.
Y nadie.
Nadie vino a quejarse del final de tus sonrisas,
de la tiritera del enjambre de tu temperamento.
Nadie.
Nadie vino a cambiar la escarcha de tu pecho,
el frío de tu aliento, la duda de tu mirada.
Nadie.
Nadie vino a arreglar los silencios,
tus silencios pausados,
las canicas en el techo,
el gorgoteo de las cañerías,
la charca en el estómago,
las aceras de periódico,
los castillos de cartón,
las telarañas en los bolsillos,
el hormigueo en las manos.
Nadie.
Y ahora, ahora vienen a buscarte
y dicen y redicen
y que si azul, que si violeta.
Y les hablamos de la luna, y la lluvia,
esa que trajo el invierno
y que no se nos olviden los renglones,
qué pasó con los renglones.
Pero a nadie le importaba
cómo se te erizaba el rictus,
ni si se nos acabaron los girasoles
y sólo nos quedaban giralunas.
A nadie le importaba
de dónde salían los negros del vestido
pero sí los remiendos.
A nadie le importa
el color de tus mejillas
el tacto de tus yemas
pero sí
cómo dejarlas
sin agua.
en los que se detuvo la luna a descansar
y no volvió nadie a reclamar que las mareas vinieran con retraso,
que tu cólera se encendiera a destiempo
o que el viento peinara los campos equivocados.
Nadie vino a quejarse.
Luego sucedió eso, lo de los renglones
que primero leíamos de dos en dos
y al final daba igual el órden
o si leíamos o llorábamos.
Y nadie, otra vez,
vino arreglar las sílabas
ni a ordenar las frases
ni a devolverte las oraciones.
Nadie vino a arreglarlo.
Recuerdo que la lluvia se enamoró de tus cabellos
y llovía tan a menudo por aquí,
que tu piel empezó a oler a tierra mojada.
Y sé que nadie vino a cambiar los ríos
que hacían mares de tus ojos
ni el rocío que brillaba en tus flores,
ni las eternas primaveras
que llenaban nuestras paredes
de humedades y enredaderas.
Nadie vino a cambiarlo.
Después llegó el invierno cansado
abrazando la puerta
y se quedó allí descansando.
Y tú que si de rosas alegrías,
madreselvas dónde están
y noches de San Juan,
intentabas seducirlo con sonrisas
àra que se marchara,
para que pudiéramos abrir tranquilas la puerta
sin llenarnos los pies de nieve,
y no sólo se quedó
sino que nos entró dentro.
Y nadie.
Nadie vino a quejarse del final de tus sonrisas,
de la tiritera del enjambre de tu temperamento.
Nadie.
Nadie vino a cambiar la escarcha de tu pecho,
el frío de tu aliento, la duda de tu mirada.
Nadie.
Nadie vino a arreglar los silencios,
tus silencios pausados,
las canicas en el techo,
el gorgoteo de las cañerías,
la charca en el estómago,
las aceras de periódico,
los castillos de cartón,
las telarañas en los bolsillos,
el hormigueo en las manos.
Nadie.
Y ahora, ahora vienen a buscarte
y dicen y redicen
y que si azul, que si violeta.
Y les hablamos de la luna, y la lluvia,
esa que trajo el invierno
y que no se nos olviden los renglones,
qué pasó con los renglones.
Pero a nadie le importaba
cómo se te erizaba el rictus,
ni si se nos acabaron los girasoles
y sólo nos quedaban giralunas.
A nadie le importaba
de dónde salían los negros del vestido
pero sí los remiendos.
A nadie le importa
el color de tus mejillas
el tacto de tus yemas
pero sí
cómo dejarlas
sin agua.
miércoles, 10 de junio de 2015
Niña no pájaro
Tanto que había sido pájaro
y la de veces que volando lo había repetido:
- ¡Soy un pájaro, soy un pájaro!
Para darme cuenta que volaba, pero no tenía alas
que volaba, pero no tenía ni cola, ni pico, ni plumas.
Pero yo seguía:
- ¡Soy un pájaro, soy un pájaro!
Cada vez menos convencida.
Uno tropieza consigo mismo, pero sigue disimulando hacia los demás.
Primero todos me animaban:
- Eres un pájaro, lo eres, puedes volar.
Luego cuando decidí que no quería ser pájaro, porque yo no era un pájaro,
ni me sentía pájaro, me dejaron de animar, recelosos no querían que volara:
- Los pajaros son los únicos que deben volar, y si no eres un pájaro,
porque no lo eres un pájaro. No vueles. No debes volar.
Pero yo quería volar, aunque no fuera un pájaro.
Y tanto que había dicho que yo no era un pájaro,
empecé a dudar:
¿Y si realmente era un pájaro?
¿O si realmente lo que debía hacer
es dejar de volar?
Pero ya era tarde para volver a ser un pájaro.
Ahora ya sabía que no lo era. Y dejé de volar.
Y tanto que me gustaba volar dejé de hacerlo
sólo por que no tenía alas
y creía que sólo debían volar
los que sí las tenían.
Dejé de volar porque los demás decían
que no debía volar sino decía que era algo
que yo no creía ser,
sino les decía que era
lo que ellos creían que yo era.
Dejé de volar porque ya era tarde para creer
que era algo que realmente no era.
Y en ningún caso me pregunté por qué volaba,
si me gustaba hacerlo o qué sentía cuando lo hacía.
Pero empecé a preguntármelo
y me di cuenta
que yo no necesitaba ser
lo que los demás querían que fuese
para poder alzar el vuelo
y así fué
como empecé a volar de nuevo.
A volar.
A volar.
domingo, 22 de marzo de 2015
La niña que vivía en una botella
“ A tantas historias sin finales
que escuchamos todos los días”
Ella cayó al mar
iba dentro de una botella
las alas la mecían lejos
y nadie se acordaba de ella.
A lo alto miraba las aves
mas no podía asomar la cabeza
a través del vidrio transparente
un abismo mortal de gran belleza.
Ella iba sola en su viaje
y acariciaba suave el cristal
soñaba con romperlo y nadar
soñaba desde fuera el mundo mirar
A veces veía barcos en el camino
y alguno posó sus yemas en la botella
mas todos pasaban de largo
y ella seguía sola a su manera.
Ella se enamoró del viento
y de la voz que éste entonaba
lloraba los días cálidos
cuando todo lo dominaba la calma.
Pasaba el tiempo despacio
y crecían sus brazos y sus piernas
cada vez sentía más ahogo
al sentir su prisión más pequeña.
Un día avistó a lo lejos tierra
y el oleaje la llevó a las rocas
sólo sabemos que rompieron la botella
mas nada de qué pasó finalmente con
ella.
Entonces ella se volvió loca
y no había forma de conversar
gritaba que quitaran la luna, que no podía verla más
que no lo soportaba.
Entonces ella era una niña
y hablaba como un adulto
pero ya no lo era, y danzaba con su cetro
imaginando que convertía todo en oro.
Entonces ella comenzó a gritar
y la noche se hacía día y el día noche
se bebía el agua del mar
y no paraba de acumular piedras.
Entonces ella inventó un juego
en el que se podía hablar sin palabras
y se podía gritar en silencio
y la "a" era "z" y la "z" no existía.
Entonces ella olvidó todo
y empezó a dibujarlo de nuevo
mezclaba el gris con el negro
y quería dibujar arcoiris rosas.
Entonces ella me echó de su vida
y yo pensé que había camino de vuelta
pero tronaban las paredes
cada vez que me acercaba.
Entonces ella se volvió loca
y no quería el sol, ni las estrellas,
ni el día, ni la noche. Tiraba del cielo
y decía que lo quitaran, que lo quitaran.
Y entonces ella nunca volvió a ser la misma.
Ni yo tampoco.
lunes, 16 de marzo de 2015
martes, 6 de enero de 2015
Chloé
Ella que no sabía
que dentro le crecía un nenúfar
(porque esas cosas sólo pasan
en los universos de Vian),
quería arrancarse eso
lo que fuera
que llaman Tristeza.
Nadie le traía flores de vainilla
y no paraban de crecerle
poemas del cabello,
poemas que hablaban
de jardines
aún no plantados.
Ella que no sabía
que se le encogía la habitación
(porque esas cosas sólo pasan
en los universos de Vian),
quería inmortalizar eso
lo que fuera
que llaman Juventud.
Nadie encontraría ratones
y no paraban de caerle
sueños entre los pies,
sueños que hablaban
de cielos
de infinitos colores.
Ella lo que no sabía
es que no quería vivir
en un universo de Vian.
que dentro le crecía un nenúfar
(porque esas cosas sólo pasan
en los universos de Vian),
quería arrancarse eso
lo que fuera
que llaman Tristeza.
Nadie le traía flores de vainilla
y no paraban de crecerle
poemas del cabello,
poemas que hablaban
de jardines
aún no plantados.
Ella que no sabía
que se le encogía la habitación
(porque esas cosas sólo pasan
en los universos de Vian),
quería inmortalizar eso
lo que fuera
que llaman Juventud.
Nadie encontraría ratones
y no paraban de caerle
sueños entre los pies,
sueños que hablaban
de cielos
de infinitos colores.
Ella lo que no sabía
es que no quería vivir
en un universo de Vian.
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